jueves, 31 de enero de 2013

Escapar en el último momento.


Me atrevería a decir que todos en un momento determinado, hemos decidido ponernos a prueba consciente o inconscientemente. Algunas veces incluso nos hemos sentido fatal tanto por ganar como por perder, ya que en realidad se ha tratado de una situación artificial y gratuita que normalmente nos ha producido mucho estrés.



Hacer lo que es peligroso no es sólo cosa de adolescentes. En diferentes etapas de la vida optamos por actitudes de este tipo que si no conseguimos controlar, acaban explotándonos en la cara. No me ha sido raro encontrar, entre las personas que he llegado a conocer, alguno o alguna que ha tirado su vida por la borda por no poder controlar este tipo de situaciones provocadas por ellos mismos.



La mayoría de las veces, las historias que me han llegado a contar me han servido de advertencia y, si bien esas advertencias no han conseguido siempre que no me metiese en líos, sí que me han servido para dar marcha atrás en el último momento y no caer en un pozo del que me hubiese sido muy difícil salir.



He tenido conocidos e incluso amigos que han caído en picado en el pozo de las drogas, otros en fuertes depresiones causadas por puro remordimiento al ver las consecuencias de sus actos innecesarios e incluso algunos se han ido a vivir a una gran ciudad cuanto más lejana mejor, no por gusto, ni por encontrar empleo, sino para escapar de sus recuerdos e incluso de gente de sus pueblos o barrios que les miraba con desprecio o clamaba venganza.



A veces incluso han perjudicado a sus familiares, que poco o nada tenían que ver con sus actos.



Son momentos rebeldes, que pueden durar meses o años y  no tenerlos bajo control puede empujarnos a hacer más de una estupidez. Y todos absolutamente todos, tenemos un talón de Aquiles, algo que nunca hicimos en el pasado y que nos hace preguntarnos si seríamos capaces o no.



Durante años he sido el confesor de mucha gente y sé muy bien de lo que hablo. Nos creemos muy diferentes unos y otros pero la realidad es que nos parecemos mucho más de lo que nos gustaría a veces. La diferencia entre el que se hunde y el que no, a veces es la suerte, pero la mayoría de las veces es saber dar un salto atrás en el último momento y no seguir hacia delante pensando estúpidamente que ese momento todavía no ha llegado.



La educación, en este punto es primordial. No hay nada que te pueda servir mejor que eso. Y no me estoy refiriendo a que te digan que tienes que ser bueno. Sino a que te enseñen como reconocer a los malos. Cómo anticiparte a las pequeñas traiciones y a las grandes y sobretodo a saber juzgar a los demás por sus actos y no por lo que digan que sienten o incluso por lo que estemos pensando que sienten.



Algo que siempre me inquietó, cuando algunos de mis conocidos me escogían para contarme lo incontable, era el haber encontrado un patrón idéntico en sus historias. Todos sin excepción se quejaban de haber sido traicionados por los que formaban parte como ellos de un acto, si no ilícito, sí moralmente reprochable.



Como se suele escuchar el algunas series policíacas estadounidenses. “No hay honor entre delincuentes”. Aunque en este caso habría que añadir “...ni entre gente de baja moralidad”.



El caso es que cualquiera de nosotros puede caer en un acto inmoral. Unas veces por ponerse a prueba, otras por superar un pequeño trauma anterior e incluso simplemente porque hay algo que nunca hemos hecho y nos pica la curiosidad.



Por supuesto, la mayoría de la gente acaba saliendo; aunque algo magullados eso sí, de esas malas decisiones. Pero algunos, los que no supieron decir: “hasta aquí hemos llegado”, “esto no esta bien”, “no voy a tolerar hacer daño a otra persona por una gilipollez”. etc. Sí que quedan marcados de alguna manera para siempre, ya que el pozo donde acaban colándose suele ser profundo y de difícil escapatoria.



Normalmente lo que te saca de esas situaciones son frases hechas que se quedan resonando en tu memoria y que se activan cuando por ejemplo: cuando por ir demasiado a prisa con el coche derrapas y estás a punto de salirte en una curva, cuando estás a punto de dejarte embaucar por gente descerebrada, o cuando ves a alguien en una situación parecida a la tuya que no tiene tanta suerte.



Los kuen kuit de Wing Chun son algo así. Frases que si las repetimos lo suficiente acaban resonando en la memoria y nos salvan de perdernos para siempre incluso en los momentos más difíciles.



Estas son algunas de los más conocidas:




"Aprender las técnicas sin desarrollar las habilidades nunca traerá ningún logro”.



"La cabeza como el cristal, el vientre como el algodón y el antebrazo como el acero”.



"Las rodillas guían la postura. La cintura une el cuerpo. Donde va el ojo va la mente y los brazos y los pies la siguen”


"Agarrar la garganta es una técnica cruel. Una vez que comienza no se puede parar”.

J. R. Moreno.







lunes, 7 de enero de 2013

El Karma, código de ceros y unos.


Demasiadas veces no somos conscientes de nuestros actos y provocamos un desequilibrio que inevitablemente termina por absorbernos. Y ese desequilibrio, no espera a futuras vidas. Aunque a veces si que espera malévolamente al momento en que creemos que todo nos va mejor.

 Ese desequilibrio provocado, no va en función de la cantidad de maldad empleada en un mal acto, como creen algunos. Sino por el sufrimiento producido. Así cuando hacemos algo deshonesto como mentir, traicionar, incumplir la palabra dada, etc... No importa lo poco que hayamos hecho por dañar o que la pérdida del otro desde nuestro punto de vista sea pequeña, si la otra persona sufre  a consecuencia de un pequeño mal acto, nos será devuelto el sufrimiento y no la intención.

No se trata de un espiritualismo barato. Es más bien una ley no escrita que el ser humano no acaba de comprender y que negaría de no ser por las continuas evidencias de su existencia.

Algún día, estoy seguro de que uno de esos científicos que manejan ceros y unos, acabará por descubrir su código y sabremos exactamente la forma en que el sufrimiento producido, vuelve a nosotros.

En esencia algunos humanos difieren poco del tonto que escupe contra el viento. Una y otra vez reciben andanadas de los propios desequilibrios creados, justo cuando menos esperan, justo cuando lo han olvidado, justo cuando creen que ya nada puede irles mal.

Quizá lo más preocupante es el no poder medir. Podemos decir: “sí, me porté mal. Pero tampoco fue para tanto”. El problema es que si para la otra persona sí que lo fue, las piezas de dominó empezaran a caer. Quizá no tome represalias, pero puede ser que lo cuente a sus amigos y familiares que le ven sufrir y estos a su vez a sus propios amigos y gente cercana. Nuestra credibilidad acabará de ser destruida, pero tampoco ocurrirá nada. Sólo en un futuro incierto, en un día inesperado, alguien decidirá traicionarnos, abochornarnos, engañarnos, etc, porque... “quien traiciona a un traidor tiene cien años de perdón”. ¿O es a un ladrón? Da igual, quien falta a su palabra, engaña, traiciona, humilla, etc, es un ladrón. Un ladrón que roba dignidad, confianza, certeza...

Lo curioso es que quien ataca a alguien que  ha perdido su credibilidad y reputación a consecuencia de pequeños actos dolorosos para los demás, puede hacerlo sin remordimientos. Y además las energías producidas no le alcanzarán jamás. Es como si ese extraño código de ceros y unos, todavía por descubrir, dejara exentos de represalias a los vengadores anónimos.

Durante mi vida he conocido a muchos  individuos , amables, cuidadosos y educados con casi todo el mundo, pero que parecían disfrutar infligiendo dolor tanto físico como emocional a aquellos que venían de dañar a otros (y que siempre se iban de rositas).
En algunos casos (los más violentos), por suerte para ellos  la policía no llegaba a tiempo. En otros, que me llamaron mucho más la atención, ponían en evidencia a alguien con “mal Karma” delante de todos y, cuando era de esperar que se desatase una pelea a golpes como poco, este último agachaba la cabeza y se marchaba. Era como si el sufrimiento provocado les incapacitara para defenderse. El agresor en este caso siempre se quedaba con la conciencia limpia y tranquila y como he dicho antes, siempre tenía la suerte de cara.

En la salida en cuña de Wing Chun, cuando alcanzamos a un compañero que se abalanza en un ataque, inmediatamente se produce un suspiro de preocupación, hasta el más pequeño roce, produce que el que golpea se sienta mal. Cuesta años el acostumbrase a no preocuparse por los pequeños rasguños producidos a otro y asumirlos como gages del entrenamiento.
¿Pero qué ocurre si es un enfrentamiento real y nuestro adversario se estrella literalmente con nuestros puños? Pues la verdad nada. Es cierto. Puedes tener a tus pies a alguien que sangra, que tiene la nariz rota e incluso que ha perdido un par de piezas dentales y no sentir absolutamente nada. Al menos en ese instante no. De hecho, cuanto mayor haya sido su intención de dañarnos, la sensación de falta de emociones es mayor. Otra cosa es que reaccionemos bien ante una agresión o no, que ganemos o no. Pero lo que sí que está claro es que infligir daño a una persona que tiene el sufrimiento infligido en el pasado persiguiéndole el trasero, parece incapacitar a nuestra conciencia para tener compasión de sus heridas, aunque estas las hayamos producido nosotros. Y al contrario, siendo una buena persona, cualquier roce a un inocente, nos corroe excesivamente.

J. R. Moreno.